Según el especialista, los síntomas más comunes incluyen inflamación, enrojecimiento y descamación, pero el principal factor que deteriora la calidad de vida es el prurito o rasquiña intensa, presente en cerca del 90 % de los pacientes. Esta situación provoca alteraciones del sueño, fatiga crónica y disminución del rendimiento académico y laboral.
Además del impacto físico, la enfermedad también genera consecuencias emocionales. Ansiedad, depresión y afectaciones en la autoestima son frecuentes, especialmente por el estigma social que pueden generar las lesiones visibles. Incluso, uno de cada cuatro pacientes puede presentar alteraciones psicológicas relevantes.
El especialista también señaló que uno de los principales retos es el diagnóstico oportuno, ya que muchos pacientes pasan por evaluaciones erróneas antes de llegar al dermatólogo. A esto se suman barreras en el acceso a tratamientos y limitaciones de terapias tradicionales, que suelen enfocarse en controlar los brotes y no en prevenirlos.
Actualmente, han surgido nuevas alternativas terapéuticas que buscan mantener el control a largo plazo y mejorar la calidad de vida de los pacientes, aunque aún existen necesidades insatisfechas en el manejo integral de la enfermedad.
De acuerdo con cifras médicas, la dermatitis atópica afecta al menos al 5 % de la población y hasta al 20 % de los niños en algunos contextos urbanos, siendo entre el 30 % y 40 % de los casos moderados o severos.
En este contexto, la compañía farmacéutica Eli Lilly impulsa la conversación sobre el impacto sistémico y social de la dermatitis atópica, promoviendo mayor comprensión y acceso a tratamientos que permitan mejorar la calidad de vida de quienes viven con esta condición crónica.











