por: El Tabloide · 18 enero, 2017
…el bailar no es solo un acto de goce y placer, sino además es una actitud de sanación…”
En 1983 el director de cine italiano, fallecido el año pasado, Ettore Scola, nos entregó una película donde a partir de la música y el baile se cuenta la historia de Francia de 1936 a 1983. Es un film carente de diálogos como no sean los que ofrecen los cuerpos y las coreografías que se van sucediendo en un salón de baile con el paso del tiempo. Porque el baile es precisamente eso, una plática entre nuestros movimientos, nuestros gestos, nuestra manera de asumir la música con el otro o los otros, comunicando las emociones, los sentimientos, las pasiones que lo bai-lable va despertando en nosotros y obligándonos a expresarlos por el movimiento de nuestro cuerpo.
El bailar no es sólo un acto de goce y placer, sino además es una actitud de sanación respecto a nuestros dolores y angustias. Nada puede ser tan liberador de nuestras actitudes negativas como una buena sesión de baile que prescinda de esa conducta que nos han enseñado como “respetable” y que conlleva a la introspección y al soliloquio religioso o a la clasificación de los demás de acuerdo a una prejuiciada jerarquía social. Por ello el que baila es regularmente un ser humano amable, amigable y propenso a entender y a escuchar a sus semejantes. Es decir una persona abierta hacia los demás, a los que trata sin condiciones y sin engaños.
Por ello esta práctica tan vieja como es de antiguo el hombre que aprendió de su cuerpo y de su razón, no puede ser tolerada por quienes han renunciado o no han conocido la riqueza de lo que significa el sentido de lo humano desde la perspectiva de la cultura y siguen aferrados a la bestia que los habita. A la rabia, al odio y el desprecio por la diferencia que les carcome las entrañas y no les permite vivir en paz, ni siquiera con ellos mismos, y para quienes todo lo que signifique vida, alegría, fraternidad, solidaridad y querencias, no sean sino entelequias lamentables de los débiles. Es imposible concebir a un inquisidor, a un torturador, a un verdugo, tocado por la gracia y la virtud del baile. No pueden coexistir la amargura, la ambición desmedida de poder y la voluntad de sojuzgar al otro, con la grácil frescura, la jovial espontaneidad, el despojo de lo perverso, que podemos apreciar en un cuerpo que baila. Gocemos entonces de toda la sabiduría del grupo cubano de los Van Van, cantando y bailando con ellos cuando dicen, “Aquí el que baila gana”.





