por: El Tabloide · 11 abril, 2016
Como el sábado 2 de abril cumplió años mi amigo Luis Fernando Victoria que por acontecimientos que es mejor no recordar se trasladó con su familia a la ciudad de Cali, pues allí me fui para celebrarle a mi amigo su efemérides y de paso me topé con un día lluvioso y con cientos de mojados que salieron a la calle porque les incomoda, les repele el proceso de paz con la insurgencia.
Varios hechos me llamaron la atención en la actitud de los manifestantes, pero quiero subrayar dos principales, su rabia al referirse al presidente Santos, al que no bajaban de traidor y su exigencia para que pongan en libertad a todos los asesores del hoy senador Álvaro Uribe que se encuentran presos acusados de delitos contra el erario público o de liderar y hacer parte de proyectos criminales como la entrega de los organismos de seguridad del estado a las fuerzas paramilitares.
Y me perece que esa actitud que viene de personas la mayoría de clase media alta y de la más alta alcurnia caleña amerita una seria reflexión.
Porque el hecho de estar contra un gobierno por las razones que sean es propio de una democracia, y que se pueda expresar esa inconformidad sin que se ponga en riesgo la integridad de los vociferantes es una señal clara del respeto por el disenso ajustado al liberalismo burgués, que pese a sus falencias es el mejor ejercicio de Estado que conocemos.
Pero que una clase social de tentadora de todos los privilegios que le concede ese Estado se pronuncie a favor de criminales que quisieron abolir precisamente esas libertades de las que son partícipes, si denota un alarmante síntoma de que algo huele a podrido en la formación de nuestras élites.
Es, por lo menos, la misma actitud desvergonzada de los comandantes del Eln que a la pregunta de cuantos secuestrados tienen, contestan que eso lo debe de responder la policía del Estado, dejando entrever que si ellos estuvieran en el poder todo se limitaría a convertirse en una acción policiva.
Sí, unos y otros recorren la misma línea del autoritarismo mesiánico donde no importan los medios con tal de obtener los resultados que exige el ungido líder o la sacrosanta ideología.
Yo les recomendaría a unos y a otros que depongan por un momento su desbordado culto a la acción y se detengan por el tiempo que sea necesario en las páginas de unos buenos libros y sobre todo en libros de poesía, porque es allí, con los artífices del lenguaje, donde van a encontrar las palabras, los sustantivos y los adjetivos que los van a alejar de los insultos rabiosos y de las balas.




