Me lo presentó
Germán Cardona
en 1975 recién lle
gado yo a ejercer
mi cargo de Juez
Civil Municipal de
Riofrío. Más que una presentación e
ra un aval de Germán para que el
propietario de la
Librería Tuluá me
abriera un crédito
en su establecimiento comercial.
Para fortuna de mi biblioteca Alfonso aceptó tenerme entre sus clientes con derecho al pago por mensualidades de los libros que retirara de su comercio. El primer libro que le solicité fue el “Diccionario Ideológico de la Lengua Española” de Julio Casares, texto imprescindible para quienes aspiren a ejercer el complejo arte de la escritura, aun en estos tiempos donde se impone la comodidad mediática del todopoderoso Google.
Luego siguieron las obras completas de Dostoievski, en cuatro tomos forrados en cuero como estilaba la editorial Aguilar la publicación de los autores clásicos. Y así, en la medida que mis intereses literarios crecían por autores como Jorge Amado, por ejemplo y esas bellas ediciones de Losada de novelas como “Gabriela Clavo y Canela”, “Doña Flor y sus dos maridos”, “Los capitanes de la arena” y “Teresa Batista, cansada de guerra”, para citar algunas, crecía también mi amistad con el librero que se concretaba en sabrosas tertulias donde se hablaba de todo pero principalmente de las carencias culturales de una ciudad antaño pionera de las artes y las letras.
Fue así como en compañía de otros avecindados en la ciudad, entre los que están Álvaro Marmolejo, Yolanda Quintero, Luis Carlos Villegas, María Eugenia Materón, Consuelo Restrepo, María Elena Ceballos, Severo Rubio y Hernando Córdoba, estos dos últimos ya fallecidos, decidimos crear la “Fundación Cultural Tuluá” con el objeto principal de lograr la creación de una Casa de la Cultura que rescatara la tradición intelectual y artística del municipio. Meta que se cumplió cuando al alcalde Marco Arenas presentó y sacó adelante ante el Concejo Municipal el Acuerdo por el cual se creaba el centro cultural que hoy lleva el nombre de Enrique Uribe White.
Además fue Alfonso quien propuso la creación de un Cine Club que siguiera las orientaciones del Cine Club de Colombia fundado en Bogotá en 1949 por Luis Vicens, “El sabio catalán” y que desde 1959 dirigió hasta su fallecimiento en 1987 Hernando Salcedo Silva, ya que antes de asentarse en el Corazón del Valle, Parra fue socio de dicho movimiento pionero de los cine clubes en el país. Así lo hicimos y gracias a la generosidad de don Nelson Marmolejo, propietario del Teatro Sarmiento y a la complicidad de esa mujer excepcional que fue Alicia Sastre pudimos sostener el Cine Club Tuluá de 1978 a 1983. Vaya pues mi más sentido homenaje a Alfonso Parra y mis sentimientos de solidaridad para con su familia. A todos un gran abrazo.










