Aunque podría parecer que esto intensifica el dolor, la ciencia sugiere lo contrario: escuchar música triste puede convertirse en una herramienta para procesar la tusa.
Una revisión titulada The pleasures of sad music: a systematic review, publicada en la National Library of Medicine por los investigadores Matthew E. Sachs, Antonio Damasio y Assal Habibi, analiza esta aparente contradicción. Si la tristeza es una emoción incómoda, ¿por qué la buscamos voluntariamente en canciones, películas o libros? La respuesta está en lo que se conoce como la “paradoja de la tragedia”: evitamos el sufrimiento real, pero lo buscamos en contextos artísticos donde resulta más seguro y controlado.
La música triste suele tener tempo lento, menor intensidad y tonalidades que evocan introspección. Además, sus letras activan recuerdos y experiencias personales, facilitando la conexión emocional. En vez de reprimir lo que sentimos, estas canciones permiten atravesar la emoción. Aristóteles llamaba a este proceso “catarsis”: una purga emocional necesaria para liberar tensiones internas.
Los estudios citados señalan que quienes escuchan música triste reportan beneficios como regulación emocional, sensación de compañía, comprensión de sus propios sentimientos y consuelo. Es decir, el dolor no desaparece, pero se vuelve más manejable.
Incluso existen hipótesis biológicas. Algunos investigadores plantean que el cuerpo puede liberar prolactina, hormona asociada al alivio del dolor y al consuelo, aun cuando no exista una amenaza real. A nivel cerebral, regiones como la amígdala y el hipocampo —vinculadas al procesamiento emocional y la memoria— se activan, lo que explica por qué la experiencia se siente auténtica.
Sin embargo, no todos reaccionan igual. Rasgos como la empatía, la apertura emocional y la tendencia a la introspección influyen en cuánto consuelo se obtiene de estas canciones.
En conclusión, cuando el corazón se rompe, la música triste no necesariamente profundiza la herida. Puede convertirse en un espacio seguro para entender el dolor, aceptarlo y, poco a poco, comenzar a sanar.










