por: El Tabloide · 11 mayo, 2017
…El libro nos cuenta en una prosa cuasi novelada los hechos anteriores a la Primera Guerra Mundial…”.
Catherine Merridale publica un libro más sobre la Rusia de la era soviética, tema en el que se ha convertido en una verdadera experta, después de años de investigaciones y seis libros publicados. EL TREN DE LENIN es editado por Planeta (colección Crítica 2017) y en sus 349 páginas nos confirma que cuando de historia se trata hay hechos fortuitos y otros muy bien manipulados para obtener un resultado determinado. Lo cierto es que en los caprichos de la historia la mano del hombre muy poco puede hacer y quienes juegan a ser los alquimistas de Dios, terminan generando hechos inexplicables y contrarios a sus propósitos. Un capricho juguetón de esta historia tiene que ver con la carátula del libro, que reproduce la pintura del artista M.G. Sokolov, donde se ve a Lenin apeándose del tren que lo traía de Suiza y llegando a la estación de Finlandia en Petrogrado, abril de 1917, allí el pintor añadió la imagen de Stalin, que nunca estuvo en ese tren ni en ese viaje. La escuela mamerta de los distorsionadores de la historia se había iniciado. Independiente de este detalle el libro nos cuenta en una prosa cuasi novelada los hechos anteriores a la Primera Guerra Mundial en el contexto del papel que jugaron los bolcheviques y toda la gama de revolucionarios rusos que darían al traste con la monarquía zarista.
El libro devela la salida de ese laberinto imposible que fue Europa en 1917, empezando por el inesperado viaje que emprende Lenin y su comitiva que “Partiría de Zúrich el 9 de abril y llegaría a San Petesburgo ocho días después, tras recorrer más de tres mil doscientos kilómetros.” Ese viaje, no lo van a creer los jóvenes de hoy, partiría en dos la historia moderna, pues de allí surgiría el primer estado marxista y socialista de la humanidad y el cual se convertiría en el referente ideológico mundial de una supuesta lucha contra la desigualdad y la explotación humanas. Pensar que el viaje de esa utopía en ese tren dejaría como estadística millones de seres humanos víctimas de la justicia socialista, naciones desgarradas y divididas, hombres zombis, sin futuro. Este es un libro para los aficionados a la historia, no es rigurosamente académico pero tampoco una retahíla de hechos inconexos. La autora se tomó el trabajo de hacer el mismo recorrido de un tren financiado por el gobierno alemán porque así –según ellos- contribuirían al derrumbe del zarismo en Rusia y la proclamación de un estado eslavo socio de Alemania en su eterna lucha contra casi todo el resto de Europa, en especial Inglaterra y Francia. Lenin, en cambio, debió saber de los propósitos alemanes, pero en mente tenía muy claro que su propósito era el triunfo de una revolución proletaria en Rusia, que a su vez desencadenaría la revolución mundial. ¿Quién utiliza a quién? Es la clave para comprender el propósito de este buen libro de historia contemporánea.



