por: El Tabloide · 23 marzo, 2017
…La fe en Jesús es su-ficiente motivación para hacer de este mundo un espacio mejor…”.
“Le dice la mujer: sé que vendrá el Mesías – es decir, Cristo -, cuando él venga nos lo explicará todo. Jesús le dice: Yo soy, el que habla contigo” Juan 4,25-26.
Estamos ya bien avanzados en el camino cuaresmal que nos conduce a la celebración de la Pascua, acontecimiento culminante en la vida de Jesús y fundamental en la comprensión de la Iglesia sobre él y sobre sí misma.
La liturgia de la Iglesia nos propone que reflexionemos este fin de semana sobre el relato de la Samaritana (Juan 4, 1-42), la mujer que Jesús encuentra junto al pozo, a quien le promete un manantial de agua que brota dando vida eterna y que le permite enseñar que hay que dar culto en espíritu y verdad, además de manifestarse como el Mesías, enviado del Padre, que hace su voluntad.
Bien importante es comprender que en esta mujer, con una vida un tanto azarosa, hay expresiones concretas de fe y de esperanza en un futuro según Dios, que la llevan a confesar la certeza de la venida del Mesías para que ilumine toda oscuridad, resuelva toda ignorancia y dé sentido a la vida, en cuanto proyecto salvífico de Dios, de todo un pueblo, que es en concreto a quien ella representa.
Para el pueblo judío o para el samaritano no es fácil aceptar que el Mesías se presente tan sencillamente como lo hace Jesús, pues lo que estaban esperando, entre otras cosas, era una intervención política fastuosa que definiera límites en todos los órdenes y les permitiera un espacio grande de libertad y de acción; además es bien complicado, desde el punto de vista religioso, que Jesús se presente como “Yo soy”, nombre reservado para Dios, ya que de alguna manera lo que tambalea es la fe monoteísta de Israel.
Para nosotros no resulta tan difícil comprender a Jesús o darle un puesto en nuestra experiencia de vida, máxime cuando tenemos la oportunidad de leer y estudiar su Palabra, celebrarlo en los Sacramentos, saberlo presente en la comunidad y hasta procurar una cuantas buenas acciones motivados por su enseñanza.
Todo esto nos permite confesarlo como el Dios y Señor de nuestra vida, pero ha de comprometernos, también, a comportarnos de manera cada vez más coherente y responsable, sabiendo que la fe en él es suficiente motivación para hacer de este mundo un espacio mejor, lleno de sentido y humanidad, y con la esperanza cierta que vamos caminando hacia la Pascua, es decir, hacia realidades que van a plantearnos no solo lo bueno sino lo mejor para una humanidad que sabe demasiado de situaciones negativas que no realizan ni salvan.





