por: El Tabloide · 16 mayo, 2016
Jesús sopló sobre los discípulos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados, y a quienes se los retengan les quedan retenidos” Juan 20,22-23 Cincuenta días después de la Pascua celebramos la Solemnidad de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia, como un acontecimiento ocurrido en Jerusalén y también como acción permanente que la asiste en su camino.
Este acontecimiento narrado por el Libro de los Hechos de los Apóstoles 2,1-11, que fundamentalmente nos presenta después de una serie de manifestaciones extraordinarias, la capacidad de entender cada uno en su lengua nativa el mismo mensaje, en contraste con el acontecimiento de la Torre de Babel que fue dispersión por no entenderse, aquí es todo lo contrario y lleva a una comunión verdadera.
El Evangelista Juan nos presenta a Jesús, el mismo día de la Resurrección, dando a sus discípulos el don del Espíritu y concediéndoles, en virtud de tal regalo, la potestad de perdonar o retener los pecados. El Espíritu Santo es entonces fuerza de lo alto para recibir y entender la Palabra de Dios, posibilidad de proclamar y reconocer a Jesús como Señor y Salvador, cohesión entre los miembros de la Iglesia para permanecer unidos entre sí y con el Señor, asistencia de Dios en medio de la comunidad de creyentes e impulso para ser testigos de la fe.
Es necesario pedir y recibir el don del Espíritu Santo, permitiéndole que se manifieste en nuestras vidas siendo maleables a su acción, sabiendo que es fundamental en este momento histórico, que recibamos la capacidad de entendernos, de ponernos de acuerdo, de conciliar, para poder hacer o alcanzar todo aquello que necesitamos para una vivencia justa y pacífica, donde la paz no sea simplemente un proyecto humano sino regalo de Dios.
El Paráclito o Defensor viene en nuestra ayuda, con la certeza de que necesitamos su luz para sanar nuestros corazones enfermos de odio y de venganza, y para colmar de gracia nuestros vacíos, liberándonos del poder del pecado. No olvidemos la plegaria: ¡Ven Espíritu Santo! Llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. ¡Envía tu Espíritu Señor! Y renovarás la faz de la tierra.







