por: El Tabloide · 30 noviembre, 2016
“…estamos a la espera del Señor, no tiene sentido comportarnos como si ya hubiera venido o como sino fuera a venir…”
“Permanezcan en vela, porque no saben cuándo va a venir su Señor” Mateo 24,42
Empezamos el año litúrgico con el Adviento, tiempo de preparación y de espera de quien sabemos va a llegar, preparación a la Navidad o celebración de la venida en el tiempo de nuestro redentor, Jesús.
La vida del creyente debe ser un continuo adviento, pues hemos de estar siempre en actitud de esperar al Señor, ya que no sabemos ni el día ni la hora en que volverá para estar con nosotros, pero hemos de tener la certeza que no nos puede tomar por sorpresa su venida ya que el mismo Señor la anuncio muchas veces.
Ahora bien, si ciertamente estamos esperando una última venida, es necesario también hacer conciencia que el Señor se presenta continuamente en los diversos acontecimientos de nuestra vida, y es necesario que reconozcamos esa presencia y acompañamiento que nos dice, precisamente, que no estamos solos.
La visita del Señor no se puede pronosticar, simplemente hay que estar vigilantes y despiertos, con la convicción que cada día puede hacerse presente, pues este tiempo no es solo lo que podemos medir por medio de un reloj o cronómetro sino que lo hemos de entender como tiempo de salvación, que es la constatación que Dios siempre está para nosotros y espera que respondamos positivamente a esa disponibilidad.
Estamos pues a la espera del Señor, no tiene sentido comportarnos como si ya hubiera venido o como si no fuera a venir, no tiene sentido adelantar celebraciones a las que solo da sentido pleno su presencia salvífica o para decirlo de alguna manera, todavía no es Navidad (= Nacimiento), es tiempo de preparación y espera de su venida.
En el trabajo de cada día se define la salvación o la perdición y por eso la actitud tiene que ser la de estar en vela, vigilantes, para que cuando venga el Señor nos encuentre despiertos y ocurra entonces el desarrollo de su misterio de salvación. Muchas cosas nos distraen ante la inminente venida del Señor y no podemos perder el horizonte sino centrarnos en él de tal manera que no nos sorprenda su llegada y las consiguientes consecuencias de este acontecimiento.
Que el Adviento no se resuma en adornos, luces o fiestas, sino que sea una preparación que implique lectura atenta y orante de la Palabra de Dios, vivencia de los Sacramentos, celebraciones comunitarias, ejercicio de obras de caridad y misericordia, y así Jesús nazca en nuestros corazones y nos conceda ser constructores de paz y de un mundo mejor.




