Cuando existía la Caja de Crédito Agrario tenía varios programas educativos para la gente del campo de los cuales también se beneficiaban quienes vivíamos en la ciudad.
Y digo nos beneficiábamos porque recuerdo muy bien los cuadernos que repartían en donde siempre se enseñaba en las carátulas los himnos patrios, el escudo y la bandera nacional.
Pero lo que más me agradaba era una alcancía que repartían entre los ahorradores y cuando la persona la llenaba había que ir a la oficina respectiva para que la destaparan.
Y qué alegría sentía cuando comenzaban a contar la sencilla y los billetes de cincuenta pesos, luego se los entregaban al niño para que los depositara nuevamente en la Caja a través de una libreta de ahorros, también muy fina y bonita, allí registraban a mano el valor y firmaba el empleado o empleada de turno.
Era mi mamá quien me surtía del dinero para ahorrar y así poco a poco se recogía la suma necesaria para calmar cualquier antojo que se presentara en un momento determinado.
Hoy en cambio, veo que no hay incentivos para el ahorro, al abrir una cuenta cobran los intereses altísimos para que la entidad trabaje con la plata que se lleva a depositar y es el fruto de un gran esfuerzo personal.
Y solo se incentiva el consumo, por ejemplo, le prestan plata para comprar casa, carro o finca, para viajar, es decir, para seguir endeudados hasta los tuétanos y luego vendrá el llanto y crujir de dientes cuando ya no hay con qué pagar las cuotas con los excesivos intereses.
Eso de la financiación del crédito es humillante, descarado y excesivo, porque se paga hasta casi tres veces los que prestan.
Ahora lo que abundan son los bancos de toda clase, dizque para abaratar el crédito, pero es mentira, las tasas de interés son las mismas, y tal vez lo que cambia es la agilidad para que la gente se endeude, las facilidades son amplias, pero cuando se trata de retirar, hasta ahí llegó la dicha.
De otro lado, quién puede ahorrar en este tiempo del consumismo, alimentos caros y escasos, cuando el salario mínimo no cubre la totalidad de la llamada canasta familiar.
Que es otro engaño que le han insuflado a la población menos favorecida de la fortuna. Nadie tiene derecho a imponerme lo que me gusta o no sobre la alimentación.
¿Quién ha dicho que el gusto del pobre es diferente al gusto del rico, si todos tenemos las mismas papilas gustativas? Qué bueno sería que los pobres pudieran ahorrar como en otros tiempos, para darse gusto en un fin de año, estrenado el vestidito para los hijos y el papá y la mamá, felices todos, acudiendo a la Misa a dar gracias a Dios por todas las bendiciones.











