Pero está llegando y se siente con tanta fuerza en las regiones colombianas y ecuatorianas donde advirtieron que azotaría, que ya mencionan que es la misma maldición sobre la cual en Caral, los precursores de los incas de hace 5.000 años, sembraron la tradición verbal y arqueológica.
En Colombia, donde todavía caen algunos aguaceros, la sequía de El Niño se está volviendo como las noticias de las guerras de bandoleros, guerrillas y paracos que se sufrían en provincia y en Bogotá y en la Costa ni se enteraban.
Salvo que se adelante el programado apagón del oriente, paralelo a las operaciones de mantenimiento de El Guavio y Chivor, y que los bogotanos y los bumangueses sufran el inminente racionamiento, El Niño puede pasar tan desapercibido como pasaron los pájaros de El Cóndor para los habitantes del resto de Colombia.
El termómetro de que la sequía de El Niño se nos vino encima la dan tres medidas comparativas del rio Cauca. En Hidroituango, donde el rio tiene un promedio de 1597 metros cúbicos por segundo, apenas se llega a 250 hoy en día y la hidroeléctrica va a media marcha. En Olaya, donde el promedio es 1580, apenas van en 323.
Y ni se diga de La Pintada o de la bocatoma del acueducto de Cali, siempre tan perentorio y apostando a que la sequía los deje tratar el agua o que el racionamiento de energía no los obligue a apagar el bombeo del 93 % del agua que consume la capital del Valle. La esperanza está en que algún día volverán las lluvias.
Pero, ¿ya estará el país entero, con sus gobernantes a la cabeza, preparado para resistir la maldición precolombina que se nos vino encima?




