Más conocido en el extranjero que en su propio país, ha sido traducido a varias lenguas e incluido en la antología del cuento colombiano publicada en Alemania…” Sobra decir que esta novela no solo hizo famosa la historia de León María Lozano, apodado el Cóndor, de sus andanzas políticas expresadas en su fidelidad al partido conservador, también de la violencia que le acompañaría en ese periodo de nuestra historia, genialmente convertida en literatura por el escritor tulueño.
Tiempo después estaba haciendo una maestría en politología en la Javeriana de Cali y me topé con mi compañero de luchas juveniles, Adolfo Atehortúa, a la sazón como mi profesor; en su primera clase planteó un tema que aún recuerdo, preguntó sobre qué libros recordábamos sobre la violencia en Colombia, en la clase casi todos los que respondieron dijeron “Cóndores no entierran todos los días”, con una mueca irónica Adolfo recordó que no estábamos en una maestría de literatura sino de politología, pero validó la respuesta para confirmar dos cosas, primero que no existía tradición -en ese entonces- de una bibliografía reconocida de estudios serios sobre la violencia liberal- conservadora del siglo pasado, segundo, para reconfirmar que Cóndores no solo se valoraba como una obra literaria, era un referente histórico, un texto sociológico sobre esa violencia que nuestros abuelos no se cansaban de referir en las conversaciones de familia.
El segundo encuentro, que cronológicamente fue primero, con el León María Lozano de Gustavo Álvarez Gardeazábal sucedió siendo profesor en el colegio salesiano San Juan Bosco de Tuluá, me ocurrió un fiasco de pena y señor mío, resulta que se trabajaba en una sola jornada de siete de la mañana a una de la tarde, como viajaba muy temprano en la mañana desde Buga, la hora del descanso, como a las nueve y media, era una pausa reconfortante para desayunar en una tienda situada al frente del colegio,coincidíamos allí, por pura casualidad varias personas, se armaba una breve tertulia que los clientes del lugar escuchaban sin inmutarse, entre ellos un señor con el que hice buena amistad, era un policía pensionado, conversador, ameno y un día se llegó al tema de la violencia, de inmediato recordé el episodio de Cóndores donde se narra cuando una turba liberal marchó amenazante hacia el colegio Salesiano, entonces León María Lozano salió retador y enfrentó a los liberales.
Recordé ese momento supremo con una crítica despectiva, temeraria y grosera del “pájaro” León María Lozano, a quien no bajé de asesino godo, entonces todo se congeló en la tienda, se hizo un silencio atronador porque nadie musitó palabra sobre mi comentario, sentí que todas las miradas, las de los clientes, los contertulios y la mamá con su hija que atendían el negocio se clavaban con fuerza fulminante en mi persona, esos segundos fueron como una eternidad, entonces comprendí, até cabos, recordé un jovencito que entraba y salía de la tienda lo llamaban León María y precisamente Tuluá y mi colegio Salesiano eran protagonistas de la novela de Gustavo, en ese momento estaba ocurriendo un episodio de novela dentro de la novela porque las señoras de la tienda y el jovencito (llamado así para recordar a su pariente mayor) eran familia cercana del famosísimo León María Lozano, el mismo al que una placa pública le rendía homenaje en algún sitio de Tuluá, el mismo que la Casa Conservadora recordaba con respeto, en fin, sobra decir que me retiré del lugar con el rabo entre las patas, apenado y sin remedio.
Este comentario lo hago a propósito de los muchos y merecidos reconocimientos, como la reedición de toda su obra, se han hecho por estos días al tulueño Gustavo Álvarez Gardezábal.




