Amar a Dios y al hermano, es amar su realidad”.
“Jesús le preguntó: ¿Cuál de estos tres hombres te parece que se portó como prójimo del que fue asaltado por los bandidos? Él respondió: pues el que hizo la obra de misericordia con él. Jesús le dijo: Vete y haz tú otro tanto” Lucas 10,36-37
Un maestro de la Ley le pregunta a Jesús qué debe hacer para alcanzar la vida eterna, y es remitido, en su respuesta, a Levítico 19.18: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón y al prójimo como a ti mismo”, que permite comprender que ni la fe ni el amor son actitudes que se viven fuera de la realidad sino más bien inmersos en ella.
Pero el especialista en la palabra de Dios quiere ir más allá y pregunta quién es su prójimo y Jesús narra la parábola del Buen Samaritano, que termina con los versículos anotados arriba, donde se cuenta cómo un hombre cayó en manos de unos bandidos que no solo le robaron sino que casi lo matan a golpes, y estando caído en el suelo pasó por allí un sacerdote pero siguió de largo, lo mismo hizo un levita (religioso), pero un samaritano que iba de viaje lo vio, se conmovió, lo ayudó, curó sus heridas y lo llevó hasta un lugar para que lo cuidaran y pagó los gastos.
Para los judíos, los samaritanos eran unos vecinos despreciables por no tener su misma fe, y el hecho de que Jesús lo ponga como ejemplo no debe hacer precisamente ninguna gracia al auditorio judío. Pero el Maestro de la Ley tiene que terminar confesando que el samaritano hizo la obra de misericordia y ser convocado por Jesús para que haga lo mismo.
Este texto es un clásico para entender la Misericordia, que este año el Papa Francisco nos ha llevado a pensar, reflexionar, orar y practicar como un elemento apenas lógico de aquellos que tenemos fe, pues mal haríamos ésta si fuera solo definiciones teológicas, citas bíblicas o buenas intenciones sin caer en la realidad de una fe que se vuelve obras concretas de misericordia.
Es en la persona del hermano, y especialmente del que sufre, donde encuentro a Jesús y donde mi fe se concreta, es en quien está “próximo” en su realidad de dolor y necesidad donde puedo ejercitar mi obra de misericordia. Amar a Dios y al hermano, es amar su realidad y actuar sobre ella cuando sea necesario para ayudar a que sea mejor y transformada por ese acto maravilloso del amor y de la fe.
No podemos ser creyentes de lo teórico, sino actuar e intervenir en la realidad, precisamente porque tenemos fe, de lo contrario nos quedaríamos en ser buenas personas o filántropos, y esto no basta a la fe y a lo que Jesús le dice a su interlocutor: “ve y haz tú lo mismo”.

