Casas de seguridad

En Colombia cuando se habla de casas de seguridad lo primero que a uno se le viene a la cabeza son la películas de espionaje, las series de Netflix y otras donde generalmente el gobierno gringo -el que más las usa- las emplea para esconder a testigos valiosos en un proceso judicial o a un espía arrepentido que traicionaba a sus antiguos jefes, todo eso es ficción, pero en la realidad nuestra las conocemos en otros menesteres, los traquetos las usaban para sus reuniones de oficina, eufemismo descarado para organizar sus actividades delictuales como organizar envíos de coca, proyectar negocios ilícitos e inclusive como cárcel de secuestrados, además de las consabidas rumbas de prostitución, licor y droga.

Algunos políticos corruptos también las tienen y hacen lo mismo que los anteriores, pero con dinero público. Se ignoraba que el gobierno colombiano también tiene sus casas de seguridad, se vino a saber por el caso Petro, cuyas andanzas no tienen límite y esta vez la hoja de parra es que la “seguridad nacional” las requería, a decir de ex funcionarios del gobierno Petro como Jorge Lemus, ex director de la Dirección Nacional de Inteligencia y de la Policía Nacional, “que aseguran que si hubo casas ocultas usadas para reuniones privadas a las que iban jóvenes e incluso funcionarias” de acuerdo a la Unidad Investigativa del periódico El Tiempo.

En medio del escándalo diario de Petro se vino a saber que el señor presidente usaba estas casas no para asuntos de seguridad nacional, lo hacía para encuentros rutinarios con su amiga favorita o fiestas orgiásticas de fin del mundo. Es de no creer la debilidad institucional de Colombia cuando suceden todos estos escándalos a plena luz del día, con testigos de toda clase y no haya un instrumento legal para detener la fanfarria, si lo hay, no se atrevieron a parar en seco al enfermo mental que fungió como presidente de la República.

La seguridad nacional es un asunto demasiado serio que Petro utilizó como excusa para hacer acuerdos políticos y de los otros con quienes voluntariamente decidieron ponerse al margen de la Constitución y la Ley; con todo el espectro criminal Petro pactó conveniencias y garantías, ninguno de esos bandidos atentaría con quien, precisamente, les estaba entregando territorios y todo cuanto pedían. Y, si a alguno se le ocurría atentar contra él, una casa de seguridad no era la mejor opción para protegerse.

Las casas de seguridad de Petro pasarán a la historia como un capítulo más del asqueroso proceder de un hombre que convirtió el gran poder de la Presidencia de la República en el prostíbulo más grande de Colombia y del mundo.

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