El fragor de la campaña electoral ha logrado impedirnos entender la magnitud de lo que está en juego, de las bestialidades que se dicen o se hacen o, lo que es peor, hemos terminado siendo incapaces de medir tanto la dimensión del tsunami en que se ha vuelto Abelardito como la gravedad de que Petro se haya negado a admitir la validez del resultado electoral.
Por el mismo vértigo en que terminó desarrollándose el proceso, no nos dejaron comparar las escasas propuesta del uno o del otro. No hubo debate entre candidatos. Tampoco existió quien le hiciera un reportaje al uno y al otro para que nos dilucidaran si Abelardito al juramentarse como ciudadano gringo le va a obedecer a Trump y sus verdugos imperialistas ,ni quien le preguntara a Cepeda cual es su verdadero estado de salud y que si ha medido la gravedad de la equivocación de escoger a la Quilcué para que lo reemplace como presidente donde fuera elegido.
Las campañas publicitarias han sido desequilibradas mayúsculamente. Mientras Carlos Suárez ha montado una estrategia arrolladora para Abelardito con frases ,métodos y símbolos, imponiendo el “firmes por la patria”, Cienfuegos, el estratega de los zurdos, mantuvo en las penumbras al candidato del presidente y apenas se vino a pegar este fin de semana del salvavidas publicitario al montar con fuerza la tesis de que votar por Cepeda es “jugársela por la vida”.
El resto ha sido pura anécdota para rencorosos. Abelardito nunca se arrepintió en público de querer destripar a la izquierda. Cepeda jamás fue capaz de improvisar un discurso, todo lo que dijo lo leyó. Solo nos queda lo peor: la incertidumbre.
Nos copa el inmenso temor de que no sabemos, pero todos sospechamos, cómo vaya a actuar Petro y que de pronto esta contienda, que la historia resumirá como la batalla por la patria o por la vida, él vaya y la vuelva mierda con alguna de sus delirantes interpretaciones.
Gustavo Álvarez Gardeazábal.



