Lula da Silva, el obrero que aguantó hambre en Brasil y que logró hilar tres presidencias de la república, pudo inusitadamente a sus 81 años derrotar al tecno fascismo que abalanzó inmisericordemente sus garras sobre Latinoamérica, del cual el prófugo hijo del delincuente ex presidente Bolsonaro, solo era un títere como lo es en últimas el mismo Trump. Representan un proyecto político distópico de extrema derecha que delinearon neófitos de la tecnología en los 90s en el que, dado que todo va a terminar mal, proponen acelerar la llegada del desastre, pero llenándose impúdicamente sus bolsillos. Visualizaron el poder de la IA y el algoritmo que atrapa en los celulares. Hasta Hollywood denunció la locura en obras comerciales como Matrix. Hoy son los dueños del manicomio, y junto al sionismo y el fundamentalismo religioso ensayan genocidios en Palestina y guerras en Irán o Ucrania, como el señor Peter Thiel dueño de Palantir, mientras olímpicamente nos dedicamos a “Scrollear”, o estar pendientes de futilidades como la vida sexual de Petro.
Pero Lula advertido de los desastres electorales recientes en Sudamérica, decidió jugar en el campo de ellos, y se les metió en el rancho con sus mismas estrategias de propagandismo básico en la red. Llegó nuevamente a la presidencia y mandó un mensaje potente al mundo: el algoritmo y los imperios se pueden derrotar con la fuerza popular, como también acaba de ocurrir en Serbia mientras Francia arde, y ad portas de las elecciones intermedias legislativas de USA donde Trump puede perder sus mayorías en el Congreso, y de las generales de España en las que el progresismo hasta hace poco estaba perdido. Siempre, la esperanza es lo último que se pierde.




