Correr más rápido no siempre significa correr mejor. Aprender a observar la respiración permite identificar cómo está respondiendo el cuerpo al esfuerzo y saber cuándo es necesario disminuir el ritmo.
Durante momentos de intensidad baja o moderada, una recomendación es intentar mantener una respiración nasal, tranquila y silenciosa, siempre que el esfuerzo lo permita. A medida que aumenta la intensidad, la respiración naturalmente se vuelve más rápida, pero hay señales que pueden indicar que se está exigiendo demasiado al organismo.
Entre ellas están una respiración excesivamente rápida o ruidosa, la necesidad de abrir demasiado la boca para tomar aire, respirar de manera forzada o sentir que se pierde el control de la respiración. Cuando esto ocurre, lo recomendable es bajar el ritmo y recuperar el control antes de llegar al agotamiento.
La respiración también puede utilizarse durante los entrenamientos para regular el esfuerzo. En lugar de concentrarse únicamente en el tiempo o la distancia, prestar atención a cómo cambia la respiración puede ayudar a identificar cuándo el cuerpo está trabajando por encima de un nivel sostenible.
La preparación previa también influye. Llegar bien hidratado y haber probado durante los entrenamientos los alimentos que se consumirán antes o durante la carrera puede ayudar a afrontar mejor el esfuerzo. En recorridos largos, las necesidades de hidratación dependen de factores como la temperatura, la humedad, la distancia y la cantidad de sudoración.
Finalmente, quienes tengan antecedentes cardiovasculares o respiratorios, presenten síntomas durante el ejercicio o lleven un periodo prolongado sin actividad física deberían realizar una valoración médica antes de someterse a esfuerzos intensos.
La idea no es evitar que la respiración se acelere al correr, sino aprender a reconocer cuándo ese cambio indica que es momento de reducir la intensidad y escuchar al cuerpo.



