El aumento transformó por completo el paisaje de uno de los principales atractivos naturales de Sudamérica. La fuerza de la corriente generó una densa cortina de rocío y redujo la visibilidad en algunos sectores, mientras numerosos turistas se acercaron a los miradores con impermeables y celulares para registrar el fenómeno.
La magnitud de la crecida puede dimensionarse al compararla con el caudal promedio histórico, cercano a 1,5 millones de litros por segundo, según datos de la empresa pública brasileña Copel. En uno de los momentos de mayor intensidad, el volumen de agua llegó a ser más de cinco veces superior a ese promedio.
El incremento fue progresivo. Las lluvias comenzaron a elevar el nivel del río desde finales de agosto y se intensificaron a comienzos de septiembre. Solo entre el 31 de agosto y el 1 de septiembre, el caudal pasó a cerca de 6 millones de litros por segundo.
Uno de los registros más significativos se produjo en Brasil, donde cayeron alrededor de 200 milímetros de lluvia en 48 horas en la zona que alimenta el embalse de Foz do Areia.
Las condiciones también llevaron a las autoridades a adoptar medidas preventivas en las pasarelas. En la zona de la Garganta del Diablo, uno de los sectores más expuestos, fueron retirados temporalmente algunos pisos y barandas ante las crecidas previstas para septiembre y octubre.
Aunque el Parque Nacional Iguazú continúa abierto, algunos sectores y miradores pueden ser restringidos dependiendo del comportamiento del río y de las condiciones de seguridad.
Las autoridades recomiendan a quienes tengan previsto visitar las cataratas, especialmente viajeros procedentes de otros países como El Salvador, consultar previamente el estado de los circuitos y accesos, debido a que las condiciones pueden cambiar rápidamente.



