En la noche del sábado, cuando veía otra difícil película de Netflix, oí un estruendo que inicialmente me pareció una pelea de gatos que tumban lo que sean, pero como inmediatamente voltee a mirar una de las cuquísimas lamparitas sensibles que se prenden con la vibración y la vi encendida, comprendí que no era una batalla entre algunos de los 19 gatos que mantengo con devoción, sino que, otra vez, había temblado y yo no lo había sentido.
De todas maneras me pareció raro el estruendo y como a esa hora, 11 y 15 de la noche, no iba a caminar entre las ruinas y los materiales de construcción con los que onerosas cuadrillas de obreros tratan de volver a levantar lo que era El Porce antes del terremoto, esperé a primera hora de la mañana para revisar el listado del SGC de sismos sentidos y tamaña sorpresa me llevé cuando vi que el temblor había sido de 2.9 y su epicentro casi superficial estaba en el radio de latitud alrededor de mi vivienda y casi en la misma longitud 76 de los sismos del Chocó que ahora llaman en lenguaje apícola, dizque enjambre.
Al mismo tiempo me enteré de los primeros temblores que ayer comenzaron desde temprano a azotar a Chaparral, situado igualmente en la longitud 76, pero en el Tolima. Como la sapiencia suma de los geólogos del SGC la manejan vallenatamente desde el 26 de agosto, a ninguno se les ha ocurrido coger una regla y unir con una línea los epicentros de los mal llamados enjambres chocoanos, con el 2.9 de la noche del sábado y los de Chaparral ayer. Si lo hicieran podrían explicarnos mejor a que se debe esta berraca tembladera y no seguir jodiendo con el cuento del enjambre y las abejas.
Yo, un ignaro en esas materias pienso que de pronto, más bien, es una pelea de gatos mal explicada por unos sabios geólogos que no saben de animales y menos de lo endeble que resulta inventar teorías sobre el subsuelo desconocido que nadie ha bajado a visitar todavía.




