Los pensionados que están bajo la cobija de Colpensiones quedaron con el corazón arrugado —y no precisamente por la edad— ante las versiones que circulan sobre una eventual falta de recursos para garantizar el pago de las mesadas al finalizar el año.
¡Ave María! Si eso fuera cierto, se acabaría de un plumazo la tradición de la ropa nueva, los buñuelos, la natilla y, sobre todo, el esperado regalito para los nietos.
Porque una cosa es que los hijos lleguen a Navidad con las manos vacías… ¡y otra muy distinta es que el abuelo tampoco tenga con qué abrir la billetera!
Ojalá todo sea una falsa alarma, porque a estas alturas de la vida los pensionados ya tienen suficientes preocupaciones como para agregarles otra: ¿y la mesada sí llegará o tocará ponerle veladora al cajero?

Preguntas pendejas. ¿Será verdad, mentira, chisme de esquina o simplemente una pregunta que incomoda?
En Buga sigue dando vueltas el asunto de las tarifas y su posible relación con los costos de funcionamiento de algunas entidades públicas. Y como en política local hay temas que parecen tener más candado que una caja fuerte, vale preguntar:
¿Existe realmente alguna relación entre esos costos y las llamadas “cuotas burocráticas” que algunos ciudadanos atribuyen a sectores políticos, especialmente en Aguas de Buga?
¿Será que en las sesiones del Concejo Municipal este tema se toca con guantes de seda?¿O será simplemente que nadie quiere pisar callos?
Y aquí viene la pregunta del millón: ¿qué tienen que decir los concejales de la Ciudad Señora frente a estas inquietudes ciudadanas?
Porque cuando se habla de recursos públicos, tarifas y funcionamiento de las entidades, lo mínimo que espera la comunidad es claridad. Así que, señores concejales: ¡digan algo! No vaya a ser que las únicas preguntas pendejas sean las que nadie se atreve a contestar.

En la Villa de Céspedes las calles ya tienen señales, pero algunos motociclistas parecen creer que son elementos decorativos del paisaje urbano. Velocidad, andenes, sobrecupo, casco sin abrochar y motos sin espejos hacen parte del menú diario.
Lo curioso es que cuando aparece un agente de tránsito, ¡milagro! Todos se convierten en ciudadanos ejemplares. El problema es que los retenes parecen tener horario de visita: aparecen de vez en cuando y desaparecen más rápido que una empanada caliente. ¿Hasta cuándo tanto desorden? ¡A ponerle freno a la imprudencia, porque la calle no es pista de carreras! La pregunta es sencilla: ¿será que para conducir también van a exigir examen de sentido común?

Este domingo madrugamos con café en mano para acompañar a la Selección Colombia Sub-20 en el Mundial. Después del triunfo 1-0 sobre Nigeria, ahora toca seguir haciendo fuerza por nuestras muchachas. Mientras tanto, ya hay hinchas preparando la camiseta, la bandera y hasta el desayuno mundialista. Porque si Colombia juega a las 8 de la mañana, el desayuno también se convierte en concentración deportiva. ¡Vamos muchachas! A dejarlo todo en la cancha y que desde la Villa de Céspedes se escuche ese grito: ¡Añañaiii Colombia!

Bogotá ya puso sobre la mesa la discusión y ahora la pregunta es inevitable: ¿cuándo llegará una medida similar al Valle del Cauca, y particularmente a Tuluá? La decisión de la Secretaría de Educación de Bogotá de restringir el uso de celulares y otros dispositivos móviles durante la jornada escolar vuelve a poner sobre el tapete un debate que también debería darse con seriedad en Tuluá y en los municipios del centro del Valle del Cauca.
La resolución denominada “(Re)conectarnos para aprender” les da a los colegios públicos y privados de la capital un plazo de seis meses para modificar sus manuales de convivencia, organizar sus rutinas y establecer reglas claras frente al uso de dispositivos tecnológicos dentro de las aulas. Y mientras Bogotá comienza a tomar medidas, en Tuluá la pregunta es sencilla: ¿vamos a esperar a que el celular termine dictando la clase para comenzar a discutir el problema?
En muchos colegios del Valle, los docentes tienen que competir diariamente con TikTok, videojuegos, redes sociales, mensajes, videos y toda clase de distracciones que caben en un teléfono. La tecnología puede ser una magnífica herramienta educativa, pero cuando se convierte en el principal distractor, el asunto deja de ser tecnológico y pasa a ser educativo. ¡Plop!
No se trata de declarar una guerra contra los celulares. Se trata de establecer cuándo sirven para aprender y cuándo simplemente desconectan al estudiante de la clase, del profesor y de sus compañeros. Tuluá, Buga, Andalucía, Bugalagrande, San Pedro, Guacarí, Riofrío, Trujillo, Sevilla y los demás municipios de la región deberían comenzar a discutir el tema antes de que la situación se vuelva todavía más difícil de manejar… ¿Ustedes padres de familia, que opina?
La pregunta para las autoridades educativas del Valle es entonces directa: ¿habrá una política regional sobre el uso de celulares en los colegios o cada institución tendrá que librar esta batalla por su cuenta? Porque si Bogotá ya entendió que para aprender también hay que saber cuándo desconectarse, sería interesante saber cuándo llegará esa conversación a las aulas de la Villa de Céspedes.



