Migración II

En un escrito reciente se anotó   que los migrantes padecen adversidades   de diferente índole, unas   más crueles que otras, como   el cese de...

harold moraEn un escrito reciente se anotó   que los migrantes padecen adversidades   de diferente índole, unas   más crueles que otras, como   el cese de sus propias vidas en   naufragios anunciados, causados,   entre otros, por turbulentas aguas   y por el sobrepeso de las embarcaciones.

  Así las cosas, los migrantes,   incluidos los niños, en   muchos casos pagan con su sangre   el costo de un viaje incierto,   cuyo destino igualmente se torna   etéreo, situación que se acentúa   ahora con los hechos que tuvieron   lugar en el pasado reciente   en la Ciudad Luz, hechos que   han provocado la ira de muchos   y la respuesta militar de otros   tantos, a los mismos, mediante   bombardeos a Siria, por ejemplo.

Esto, desde luego enturbia el espíritu   humano; no en vano el papa   Francisco afirmó en días recientes   que nos encontramos inmersos   en una guerra mundial   por pedazos.

Este escenario provoca   interrogantes como: ¿Será   que la violencia se combate con  otra acción violenta igual o   superior a la perpetrada por   el agresor? ¿Porqué los   miembros del Estado Islamico   o Daesh actúan de tal manera?   ¿Qué puede hacer la   sociedad para detener este   escenario de barbarie? ¿Cuál   ha de ser el rol real de organismos   internacionales como   la OEA o la ONU para   evitar estos conflictos? Después   de todo, estas pugnas   generan la pérdida de vidas   humanas, las mismas que se   deberían destinar a dignificar la   existencia del hombre, en lugar   de empañarla y aniquilarla.

Con   base en los estudios de expertos   se puede acuñar la metáfora “La   vida es un lucha”, formulación   que ilustra las dificultades del   diario vivir.

Por tanto, no se justifica   agregar desazón a la vida   cotidiana con actos violentos como   los referidos.

Será entonces la   formación desde el mismo núcleo   familiar la llamada a templar el   espíritu, los valores, como requisitos   indispensables para potenciar   la sana convivencia.

Será la   escuela la generadora de espacios   para potenciar el surgimiento de   la empatía y del respeto por el otro,   como una condición necesaria   para formar ciudadanos pacíficos   del mundo.

Serán los gobiernos,   mediante inversiones generosas   en educación y justicia social,   los llamados a construir los   pilares fundamentales para enderezar   la ruta de los pueblos   sumidos en el dolor y en la guerra.

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