En un escrito reciente se anotó que los migrantes padecen adversidades de diferente índole, unas más crueles que otras, como el cese de sus propias vidas en naufragios anunciados, causados, entre otros, por turbulentas aguas y por el sobrepeso de las embarcaciones.
Así las cosas, los migrantes, incluidos los niños, en muchos casos pagan con su sangre el costo de un viaje incierto, cuyo destino igualmente se torna etéreo, situación que se acentúa ahora con los hechos que tuvieron lugar en el pasado reciente en la Ciudad Luz, hechos que han provocado la ira de muchos y la respuesta militar de otros tantos, a los mismos, mediante bombardeos a Siria, por ejemplo.
Esto, desde luego enturbia el espíritu humano; no en vano el papa Francisco afirmó en días recientes que nos encontramos inmersos en una guerra mundial por pedazos.
Este escenario provoca interrogantes como: ¿Será que la violencia se combate con otra acción violenta igual o superior a la perpetrada por el agresor? ¿Porqué los miembros del Estado Islamico o Daesh actúan de tal manera? ¿Qué puede hacer la sociedad para detener este escenario de barbarie? ¿Cuál ha de ser el rol real de organismos internacionales como la OEA o la ONU para evitar estos conflictos? Después de todo, estas pugnas generan la pérdida de vidas humanas, las mismas que se deberían destinar a dignificar la existencia del hombre, en lugar de empañarla y aniquilarla.
Con base en los estudios de expertos se puede acuñar la metáfora “La vida es un lucha”, formulación que ilustra las dificultades del diario vivir.
Por tanto, no se justifica agregar desazón a la vida cotidiana con actos violentos como los referidos.
Será entonces la formación desde el mismo núcleo familiar la llamada a templar el espíritu, los valores, como requisitos indispensables para potenciar la sana convivencia.
Será la escuela la generadora de espacios para potenciar el surgimiento de la empatía y del respeto por el otro, como una condición necesaria para formar ciudadanos pacíficos del mundo.
Serán los gobiernos, mediante inversiones generosas en educación y justicia social, los llamados a construir los pilares fundamentales para enderezar la ruta de los pueblos sumidos en el dolor y en la guerra.