El desastre se comenzó a estructurar desde octubre pasado cuando el CNE, presidido por un uribista sub judice en la Corte Suprema de Justicia, saboteó la consulta partidista de la izquierda, y posteriormente excluyó arbitrariamente a Iván Cepeda de la consulta interpartidista de la centro-izquierda en marzo.
Luego en abril vino la develación del “Hondurasgate” articulado por el trumpismo y el sionismo para torcer las elecciones en la región incluyendo las de Colombia (y acá el mea culpa de la izquierda que debió haber hecho la campaña de junio desde ese instante) para concretarse en las elecciones donde el algoritmo fabricado en el extranjero incidió negativamente con una pírrica ventaja (0,9%)
Trump en su cinismo se declaró ganador, De la Espriella no renuncia a su nacionalidad gringa ni aclara indicios que lo muestran como agente secreto de allá. La soberanía no es asunto de la extrema derecha.
Para sorpresa de nadie, cuando “el tigre” se declara ganador, en vez de calmar las aguas vuelve a agitar el odio visceral contra sus opositores. Cepeda, en cambio, para evitar un escenario violento acepta los escrutinios, lo cual no otorga per se legitimidad a la elección ni impide acudir a mecanismo legales para develar un fraude, y a toma de posiciones constitucionales como la desobediencia civil.
La respuesta de “los nunca”, que sabíamos iban a ser los de siempre, fue montar narrativas irresponsables como la del voto fusil, y hacer del empalme un show judicial y disque financiado por el BID para entrampar al gobierno actual, que se les cayó cuando se les comunicó que iba a ser televisado.
Vienen con la sangre en el ojo y avisan el regreso de una república paramilitar: bloques urbanos de seguridad, cárceles privadas, ESMAD, y hasta extradición de Petro ignorando el fuero que tendrá, como lo avisó el impresentable Carlos Alonso Lucio, un ex guerrillero de esos que sí gustan a la derecha. Esto por no hablar del desmonte de las reformas sociales logradas.
El miedo es su programa de gobierno, pero la respuesta debe ser la esperanza y la organización política, un aguante que el pueblo colombiano puede sostener.
*Las opiniones aquí consignadas corresponden exclusivamente a su autor y no comprometen la línea editorial de EL TABLOIDE.




