El especialista explicó que esta conducta tiene raíces evolutivas. En la antigüedad, la comida era sinónimo de supervivencia y bienestar, por lo que el cerebro terminó asociando el acto de comer con una sensación de recompensa y felicidad. Esa relación aún permanece y hace que muchas personas busquen alimentos para enfrentar emociones negativas.
De acuerdo con el experto, el azúcar produce una sensación inmediata de placer y energía al estimular los mecanismos de recompensa del cerebro. No obstante, ese efecto dura poco tiempo, ya que el organismo regula rápidamente los niveles de glucosa, generando un nuevo bajón que impulsa a consumir más alimentos dulces.
Este comportamiento, conocido como hambre emocional, no responde a una necesidad física, sino al deseo de aliviar emociones como la tristeza, el estrés o la ansiedad. En este proceso también interviene la dopamina, neurotransmisor relacionado con la sensación de placer.
Como alternativa, García Campayo recomienda practicar la alimentación consciente (mindful eating), una técnica que consiste en identificar si realmente existe hambre física o si el impulso de comer surge por motivos emocionales. Además, invita a prestar atención a los sabores, olores y texturas de los alimentos, una práctica que, según diversos estudios, puede ayudar a reducir la ansiedad y desarrollar una relación más saludable con la comida.



