Empecemos por el peligro de las motocicletas, porque lo que está pasando en nuestras calles ya no es cuestión de mala suerte, sino de una preocupante falta de cultura vial y de autoridad. Los accidentes se volvieron el pan de cada día. Hoy es un motociclista lesionado, mañana otro estrellado y pasado mañana una familia llorando a un ser querido. ¡Y eso no tiene ninguna gracia!
Pero para enfrentar semejante problema, de vez en cuando aparecen unas conferencias sobre seguridad vial, con sus recomendaciones, sus diapositivas y sus buenos propósitos. ¿Y quiénes asisten? Al parecer, menos motociclistas de los que caben en una buseta de servicio público.¡Hágame el favor! Si en Tuluá ruedan por lo menos 60 mil motocicletas, ¿cuántos años necesitaremos para educar a semejante tropel si las campañas se hacen de cuando en vez?
Eso es como pretender apagar un incendio con un abanico o curar una pulmonía con agua de panela. Mucho esfuerzo para tan poquito resultado. Y lo más berraco es que basta salir a la calle para encontrarse con ciertos pilotos que parecen haber comprado la licencia en una rifa, porque manejan como si las normas de tránsito fueran un cuento chino. Se suben a los andenes, se pasan los semáforos en rojo, llevan pasajeros como si la motocicleta fuera un bus escalera, andan sin casco y algunos hasta prescinden de los espejos… ¡Lo único que les falta es sacar la cabeza por la ventanilla y preguntar por dónde queda el cementerio?
Mientras tanto, algunos agentes de tránsito aparecen muy juiciosos montando retenes para pedir documentos. Y claro que deben hacerlo, porque la ley es para cumplirla. Pero, señores, no se trata solamente de revisar papeles, sino de poner orden donde el desorden anda de fiesta.¿Por qué no distribuir mejor los controles en las horas de mayor circulación? ¿Por qué no vigilar esas conductas que ponen en peligro la vida de peatones y conductores?
Porque, como dice el refrán, «más vale prevenir que lamentar». Y en materia de tránsito, lamentablemente, aquí parece que a veces esperamos el accidente para empezar a preguntar qué fue lo que pasó. ¡Pilas, pues! Que una cosa es conducir una motocicleta y otra muy distinta jugar a las carreras con la muerte.

Y cambiando de tercio, aunque no de preocupaciones, hablemos de la inseguridad, esa visita indeseada que parece haberse instalado en la región sin pagar arriendo. Cuando muchos esperaban que la violencia comenzara a dar una tregua, resulta que los hechos que enlutan a las familias siguen ocupando espacios en las noticias y las redes sociales. Entonces vienen los anuncios de nuevas estrategias, las reuniones, los consejos de seguridad, las declaraciones solemnes y las fotografías de rigor. Todos muy serios, muy preocupados y con cara de que ahora sí se va a acabar el problema.Pero pasan los días y el ciudadano sigue preguntándose si tanta reunión sirve para algo más que llenar agendas…¡Añañaiii!
¡Ave María, pues! Si por cada consejo de seguridad se acabara un delito, a estas alturas Tuluá sería más tranquila que una iglesia un lunes por la mañana. No se trata de desconocer el trabajo de quienes se juegan la vida enfrentando a los delincuentes. Se trata de exigir resultados, coordinación, presencia institucional y respuestas concretas. Porque «obras son amores y no buenas razones», y de buenas razones ya hemos escuchado bastantes. El comerciante quiere abrir su negocio sin temor, el ciudadano quiere caminar tranquilo, la familia quiere sentarse a comer sin sobresaltos y el residente de un apartamento quiere dormir sin preguntarse si al amanecer encontrará la casa como la dejó…¿Será mucho pedir?
Parece que para algunos la seguridad se mide por el número de reuniones realizadas y no por la tranquilidad que siente la gente. ¡No confundamos el movimiento de las sillas con el avance de las soluciones! Y ahora sí, saquemos el interrogatorio parroquial, porque hay preguntas que llevan tanto tiempo esperando respuesta que cualquier día les toca pedir cita para que alguien las atienda…¡Plop!
¿Se acuerdan de las 57 cámaras de seguridad de alta tecnología que se anunciaron para las zonas urbanas y rurales de Tuluá? Según lo informado, el proyecto contemplaba 7.000 millones de pesos aportados por el Ministerio del Interior, a través de Fonsecon, y otros 2.332 millones del municipio. La iniciativa debía desarrollarse antes de junio de este año. Pues bien, ya estamos en octubre y sería bueno que los responsables nos contaran en qué va la película.¿Las cámaras ya están instaladas? ¿Están funcionando? ¿Cuántas se han puesto en servicio? ¿Qué falta para que el proyecto cumpla su propósito? Porque, si ya están vigilando las calles, magnífico. Pero, si siguen esperando turno en algún escritorio, ¡estamos jodidos!
A lo mejor las cámaras son tan modernas que tienen visión de futuro y por eso todavía no aparecen en el presente.¡No, señores! Hablamos de un proyecto de seguridad que compromete recursos públicos y que merece información clara. Como dice el viejo refrán, «cuentas claras conservan amistades». Y cuando se trata de plata pública, las cuentas claras no son un favor: son una obligación….!Quedamos atentos!
Los robos a apartamentos, los atracos callejeros y los asaltos en restaurantes y establecimientos públicos tienen preocupada a la ciudadanía. La inseguridad parece haberse vuelto tan descarada que algunos delincuentes ya no esperan la noche para hacer de las suyas. ¡Ahora hasta el almuerzo viene con sobresalto incluido!Uno va a un restaurante, pide su plato favorito, conversa con la familia y espera pasar un rato agradable. Pero termina mirando para todos los lados, cuidando el bolso, el celular y hasta la silla.¡Qué maravilla de paseo gastronómico! Lo único que falta es que en la carta aparezca un nuevo plato: bandeja paisa con susto incluido…¿ La idea es nuestra!
Y la pregunta es inevitable: ¿le falta personal a la Policía para atender las necesidades de este distrito? ¿Se necesitan más patrullajes, mejores herramientas, mayor capacidad de reacción o una estrategia diferente? Que alguien explique, porque el ciudadano no tiene por qué conformarse con vivir encerrado mientras los amigos de lo ajeno se sienten como Pedro por su casa. Eso sí, que quede claro: no es cuestión de echarles toda la culpa a los uniformados, muchos de los cuales cumplen su trabajo en condiciones difíciles. ¡Menos carreta, más presencia y resultados que se puedan comprobar!

Se ha anunciado que, a partir de enero de 2027, Tuluá tendría dos empresas prestando el servicio de aseo.¡Qué bien! Pero antes de tirar voladores, sería bueno conocer cómo funcionará el asunto, qué zonas atenderá cada empresa, cuáles serán sus responsabilidades y cómo se garantizará la calidad del servicio. Porque una cosa es tener dos empresas y otra muy distinta es tener una ciudad dos veces más limpia .Lo que muchos no saben es que cada usuario tendrá que escoger entre Veolia, la actual y Tuluá Limpia, la nueva. Cada empresa recogerá su basura y no la de la otra empresa…¿Entendieron?
Por ahí vuelve y juega la discusión sobre las normas de presentación personal en los colegios: que el maquillaje, que los celulares, que los hombres con el cabello largo, que las restricciones y que las prohibiciones. Hay quienes ponen como ejemplo las medidas aplicadas en Perú y El Salvador y consideran que Colombia debería seguir ese camino. Bueno, cada quien tiene derecho a opinar, pero tampoco vayamos a creer que el futuro de la educación depende exclusivamente de la raya del cabello o de cuánto maquillaje lleva una estudiante. ¿Y qué tal si, además de debatir sobre peinados, hablamos de comprensión de lectura, matemáticas, infraestructura escolar, convivencia y calidad educativa? ¡Ahí sí que tenemos tela para cortar
Esta pregunta no es para reírse, sino para que a más de uno se le arrugue el corazón. ¿Ya pudieron reconstruir sus viviendas las familias damnificadas por el terremoto con los recursos que generosamente donó la ciudadanía para auxiliarlas? Cuando ocurre una tragedia, la gente se mueve, abre el bolsillo, entrega materiales y ayuda con lo que puede. Aparece la solidaridad y todos quieren aportar su granito de arena para que los afectados vuelvan a levantarse. Sería bueno conocer cuánto se recibió, cómo se distribuyeron los recursos, qué familias fueron beneficiadas y qué dificultades siguen pendientes…¡Las cuentas claras y el chocolate espejo!

Y llegamos a otro asunto que tiene hablando a comerciantes, clientes y ciudadanos. En algunos establecimientos abiertos al público se ha vuelto frecuente la presencia de personas que solicitan dinero a quienes están comiendo, comprando o compartiendo con sus familias. Hay comerciantes que manifiestan preocupación por el aumento de esta práctica y aseguran que algunas personas llegan de otras ciudades y se desplazan por distintos municipios buscando dónde conseguir mejores ingresos. Porque no podemos meter a todo el mundo en el mismo costal. Hay personas que atraviesan situaciones de pobreza, abandono o exclusión y necesitan ayuda de verdad. También hay casos en los que la insistencia puede convertirse en presión, incomodidad o comportamiento abusivo.Una cosa es pedir una colaboración y otra hacer sentir al cliente como si estuviera obligado a pagar un impuesto adicional por sentarse a comer.¡Que la generosidad de los tulueños no sea motivo de aprovechamiento, pero que tampoco se nos endurezca el corazón!
Y así termina, por ahora, este recorrido por los enredos de nuestra querida Villa de Céspedes, donde las preguntas sobran y las respuestas a veces se hacen las desentendidas. Opine usted al WhatsApp 3166219170



