Los españoles, casi todos jóvenes y a punto de confundir la histeria con la alegría, protestan por lo difícil que se volvió pagar el arrendamiento de sus viviendas y gritan para que los decadentes parlamentarios se pongan de acuerdo en un plan masivo de construcción de edificios de habitaciones.
El alcalde caleño, haciendo cara de furioso moralista, pretende que al arrebatar esos símbolos que han anunciado por décadas la proximidad de la venta de alucinógenos, ellos disminuirán si no el consumo de perica, marihuana, bazuco y pepas y polvos de la madre Celestina, si logrará al menos una perturbación en el comercio de esos productos hasta igualar la fatua actitud moralista del presidente Abelardo.
En España el problema lo dejaron aumentar porque las viviendas crecieron en consumo para turistas e inversionistas y disminuyeron los planes de viviendas sociales.
En Cali las ollas de venta de vicio han existido hace tanto tiempo y crecieron en tal magnitud que al no poder ser anunciadas por avisos en prensa y redes, se inventaron los tenis colgados para simbolizarlas.
En España, quizás, los gobiernos de la izquierda han pretendido que los esclavos inmigrantes no tengan derechos caseros que los arraiguen.
En Cali el alcalde Eder, que no vivió ni su niñez ni su juventud en la ciudad que ahora gobierna, apenas ha descubierto que los vendedores de drogas vallunos son más hábiles que los negros descarriados que la venden en su amada Washington.
Sea como sea, nos tocó ver a llaveros y tenis convertidos en herramientas del cambio social y económico que los hacedores de historias no habíamos sido capaces de recoger y los gobernantes de corregir aquí o allá.




