La iniciativa se organiza principalmente a través de grupos de WhatsApp, liderados por jóvenes como Yeison Martínez. Allí reciben las solicitudes de familias cuyas viviendas deben ser demolidas y coordinan los equipos, horarios y lugares donde se necesita ayuda.
Con picas, barras, palas y mucha energía, decenas de jóvenes llegan a las casas para retirar escombros y ayudar a las familias a recuperar lo que quedó después de la emergencia. En algunas jornadas, la cadena humana llega a reunir 30 o incluso 50 personas.
Pero el trabajo no se limita a cargar escombros. La música también acompaña cada jornada. Con parlantes y playlists preparadas para cada día, los jóvenes convierten largas horas de trabajo en espacios de compañerismo, alegría y esperanza.
Para muchos de ellos, la idea fue sencilla: si no tenían dinero u otros recursos para donar, podían aportar sus manos y su tiempo. Así nació una iniciativa que terminó contagiando a más personas y demostrando que la solidaridad también puede convertirse en una herramienta para reconstruir.
Por eso, más que un grupo de voluntarios, parecen una colmena: cada persona cumple una tarea y, juntas, consiguen que el trabajo avance.
Roldanillo aún enfrenta las heridas que dejó el terremoto, pero estos jóvenes han demostrado que mientras algunas paredes cayeron, el espíritu de todo un pueblo permanece en pie.



