Oscar Collazos

Víctima de una rara enfermedad degenerativa, esclerosis lateral degenerativa, más conocida como ELA, que afecta progresivamente las células que controlan la actividad motora...

omar ortizVíctima de una rara enfermedad degenerativa, esclerosis lateral degenerativa, más conocida como ELA, que afecta progresivamente las células que controlan la actividad motora y produce además el debilitamiento del aparato respiratorio, murió en la madrugada del domingo 17 de mayo el escritor chocoano Óscar Collazos. Como bien lo afirmó Carolina Urbano en su columna del sábado 16, a propósito de una muerte anticipada de Óscar anunciada por el periodista cordobés Juan Gossain, se trató de un escritor caracterizado por su inteligencia y su valentía. Inteligencia que se inscribe, como los anchos y raudos ríos de su geografía natal, en las intensas páginas que constituyen su obra narrativa, desde su libro de cuentos. “El verano también moja las espaldas” (1966), pasando por la publicación que recoge su polémica con Julio Cortázar, “Literatura en la Revolución y Revolución en la literatura” (1970), donde también participa Mario Vargas Llosa, hasta su última novela publicada, “Tierra quemada”, que presentamos, con la presencia de Óscar, en el marco del V Festival de la Imagen y la Palabra en octubre de 2013 en el Centro Cultural Gustavo Álvarez Gardeazábal. Y valentía, al denunciar y hacer frente a la peor lacra que padece la sociedad colombiana, la corrupción, y no solo la que ejercen los que desde el poder, público o privado, se benefician con dineros y recursos que no son suyos, sino la de aquellos que apoltronados en cargos de responsabilidad estatal pretenden implantar sus creencias a costa de la constitución y la ley. Es decir, la corrupción del espíritu.

Producto de esta militancia de la decencia que siempre ejerció Collazos, son sus columnas del diario El Tiempo y libros como, “Cartagena en la olla podrida” (2001) y “Desplazados del futuro” (2003), entre otros. Queda con su muerte un enorme vacío que debe tener de plácemes a quienes desde su mirada atenta y su pluma implacable incomodaba en sus prácticas deshonestas e inmorales. Pero ese empeño quijotesco de enfrentar a los corruptos, nunca hizo mella en su talante de hombre al que le gustaba la vida en sus mejores halagos. Gran amigo, generoso en el disfrute de los momentos amables con que a veces nos premia el existir, nunca se negó al placer de una buena conversación, de un buen vino, de una bien sazonada comida. Por ello quiero recordar en este instante las horas pasadas en esos templos de la amistad que son los sitios en que compartimos la música y el baile, “El Goce Pagano”, en Bogotá, “El Habanero” en Cali, “Quiebracanto” en Cartagena y brindar con este trago de Old Par mientras suena “Yolanda” versión de Guayacán Orquesta.

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