Desde que se conoció la noticia del atentado que le costó la vida a 11 soldados y dejó heridos a otros 17, brotó en todo el territorio patrio un sentimiento nacionalista y casi al unísono todas las voces llamaron héroes a los hombres caídos en la acción de una columna móvil de las Farc y a través de escritos en las redes sociales y manifestaciones públicas le exigieron al presidente de la república, Juan Manuel Santos Calderón, levantar la mesa de diálogos en La Habana y mandar al carajo dos años largos de conversaciones.
Comparto la opinión de la inmensa mayoría en el sentido de que el ataque de los subversivos fue aleve, demencial y violatorio de los preceptos del Derecho Internacional Humanitario y merece el rechazo de los colombianos y de la comunidad mundial.
Lo que no comparto es que muchos connotados personajes de la vida pública, varios de ellos en ejercicio de sus funciones públicas y otros desde sus cuarteles de invierno, sacaran todo su espíritu guerreristas y parapetados en el dolor de las familias, se unieron al fragor de la polémica para pedir que se acaben los diálogos y se inicie una guerra sin cuartel para acabar con el mal de raíz, pero olvidaron todos que en esa estamos desde hace casi sesenta años y el panorama sigue igual.
Los opinadores del discurso guerrerista actuaron igual que una voluptuosa mujer que colgó en el Facebook el video de la masacre de Buenos Aires y decidió premiar a tres de sus seguidores que mas multiplicaran el material con un baile sensual a través del chat.
Esta dama, como muchos otros, demuestra que el dolor de patria que expresan es solo una reacción calenturienta fruto de un hecho tan lamentable, pero todos buscan figurar o ganar seguidores explotando la arremetida salvaje de los guerrilleros y el sentimiento de sus parientes, los únicos que en verdad sienten lo que pasó.
En mi caso particular y así lo he compartido con quienes me preguntaron en la calle sobre el hecho, sigo creyendo que la salida es la negociación. Que se ha avanzado en temas complejos para el país y que no es hora de claudicar y por primera vez en muchos años estoy de acuerdo con el senador Uribe en hacer un alto, recomponer la agenda, tomar aire, apretar las tuercas, corregir fallas y emprender el camino de nuevo.
Como dijo alguien el día en que se instalaron las mesas en La Habana: “Nadie dijo que sería fácil” y mientras se dialogue en medio del fuego, el riesgo será inminente.
