Por naturaleza a nadie le gusta obedecer, al niño se le obliga a ser obediente de lo contrario corre el peligro de cualquier accidente desde la cuna.
Es dificilísimo hacer cumplir la ley, por eso las penas, de tal manera que sea posible la convivencia pacífica de los pueblos. Lentamente, en un proceso de miles de siglos, el hombre ha adoptado formas de conducta que permitan vivir como seres sociales que se interrelacionan tratando de evitar en lo posible los conflictos, pero siempre hay y habrá problemas de entendimiento.
Actualmente con el tema de la globalización, nos damos cuenta con mayor precisión de cuán diferentes son las personas, las culturas, sus tradiciones, su historia, y al mismo tiempo conocemos un poco más sobre el común denominador de la gente, encuéntrese donde se encuentre.
Y lo general es la desobediencia. Por lo tanto el hombre se inventó la ley; en un contrato social, se convino en que el bien general prima sobre el particular, que se debe respetar la vida, las personas en su integridad física, moral e intelectual y el mundo cambió vertiginosamente en los dos últimos siglos, lo que ha conducido a pensar que todo es relativo, cambiante y “ondeante” como dijo Montaigne.
Y pareciera que la humanidad perdió el norte que tuvo fijo durante muchos siglos, y entonces cada uno tiene su verdad, y con este sofisma de distracción, todo el mundo quiere hacer lo que bien le venga en gana, lo que va en contravía de la búsqueda de la sociedad perfecta, porque no desaparecen los problemas eternos, como son las guerras, pues si miramos un poco a nuestro alrededor, hay muchos países en llamas, el odio que anida en sus corazones conduce a la eliminación del contrario, aquel que no piensa como yo pienso.
Y a veces, estamos tan ocupados con la globalización, que perdemos de vista nuestra aldea local, parroquial, municipal, en donde nos correspondió nacer, crecer, estudiar, trabajar y proyectarnos hacia el futuro. Ya no hay futuro. Porque hay tantas cosas por hacer, que no hacemos nada. Y permanecemos como un corcho en un remolino, dando vueltas y vueltas, rutina tras rutina, sin encontrar el norte. Pues iba a escribir sobre la cultura ciudadana, para lo cual se necesita obedecer, obedecer y obedecer.
No hay de otra, y para obedecer hay que ser humilde, una de las cosas más difíciles para todo ser humano, y por ser soberbios, orgullosos y petulantes, se inventó la ley. Si queremos a nuestro terruño hay que cumplir la ley.








