…así las cosas, ante esta cascada de impuestos, tasas y contribuciones, no queda otro remedio que amarrarse el cinturón…”
La economía nacional entró en un proceso de desaceleración desde el año pasado y aún continúa hasta el día de hoy, pues según los expertos no se cumplieron las metas de crecimiento anunciadas por el gobierno central, lo cual ha afectado de todos modos los sectores de la producción que no han podido alcanzar las metas con el fin de lograr un desarrollo armónico y sostenible, todo lo cual implica un desequilibrio económico para los colombianos.
El común de la gente se pregunta ¿de dónde saldrán los recursos para atender debidamente la demanda del postconflicto? Y no hay respuesta suficientemente halagadora ya que todos los días vemos que la etapa crucial del desarme de los guerrilleros de las Farc no se cumple, según la agenda acordada entre las partes y la incertidumbre va en aumento en medio del escepticismo común y generalizado de la comunidad, especialmente de aquellos que están cerca de las llamadas zonas de agrupamiento veredal, que ven ahora como llegan montones de alimentos así en desorden a los excombatientes, pero sin ninguna infraestructura que garantice su tranquilidad.
Pues bien. El gobierno hizo todo lo que pudo para que el Congreso le aprobara la reforma tributaria y se tranquilizó porque en su concepto de esta manera se equilibra el presupuesto nacional para el próximo año y se logran los recursos para el postconflicto.
Y ya sabemos que los más castigados con esta reforma es la clase media de acuerdo a los primeros análisis y comentarios de los entendidos en la materia y por supuesto aquellas personas que solamente se ganan el salario mínimo ya que el IVA se aumentó al 19% y nadie, ni el más pobre entre los pobres escapa de su pago.
Ahora bien, estamos experimentando el alza en el costo de los arriendos, los servicios públicos, los medicamentos, el transporte, los peajes, la gasolina, el gas, la administración de los conjuntos cerrados, algunos bienes de consumo diario, como los pañales, la leche, entre otros. Y si por el país en general no escampa, por aquí en Tuluá, estamos llevando la peor parte, ya que la administración municipal reformó el estatuto tributario, con lo cual castiga al pueblo en su totalidad, con nuevos gravámenes y aumentando los existentes, disminuyendo la capacidad de pago de los contribuyentes. Por donde se mire, se observa un gobierno enloquecido por conseguir recursos sea como sea, mientras el pueblo asustado no ve por ningún lado que el marco de impuestos le favorezca de alguna manera.
Así las cosas, ante esta cascada de impuestos, tasas y contribuciones, no queda otro remedio que amarrarse el cinturón, iniciar un proceso de cambio de mentalidad para no gastar más de lo que se gana, así no alcance para darse pequeños gustos y postergar hasta las celebraciones acostumbradas, lo que se traduce en otros términos, cuidar el bolsillo a como dé lugar, lo que implica un esfuerzo casi sobrehumano porque la presión de la sociedad de consumo es impresionante y puede más que las buenas intenciones de la población colombiana.
Estamos viviendo en una economía en proceso de desaceleración y todavía no se ven trazos de equilibrio ni mucho menos de crecimiento sostenible, ya que el precio del petróleo, no repunta por ningún lado y, según parece, el mundo entero está pendiente del camino que tomará la mayor potencia en manos del recién elegido Donald Trump.
Y nosotros esperamos que las facultades entregadas al alcalde Gustavo Vélez por parte del Concejo Municipal no acabe por gravar aún más el bolsillo de los tulueños y al mismo tiempo veamos minimizado el patrimonio municipal, de tal manera que debemos estar atentos puesto que el municipio es de todos.




