La tradición tiene su origen en el pasaje bíblico en el que Jesucristo lavó los pies a sus discípulos antes de la Última Cena, como un acto de humildad, servicio y amor hacia los demás.
En la actualidad, sacerdotes replican este gesto lavando los pies a feligreses, recordando la importancia de servir sin distinción y reforzando el mensaje de igualdad dentro de la fe cristiana.
Este rito no solo es una tradición litúrgica, sino también una invitación a la reflexión sobre la solidaridad y el respeto hacia el prójimo.








