La preocupación radica en que el contagio puede darse en entornos domésticos, especialmente por contacto directo con gatos infectados que presentan úlceras o lesiones abiertas en hocico, orejas o patas. El caso que activó la vigilancia epidemiológica comenzó cuando varios integrantes de una familia desarrollaron lesiones cutáneas tras convivir con un felino enfermo. Estudios de laboratorio confirmaron la presencia del hongo mediante análisis de biología molecular.
A diferencia de otras formas de esporotricosis asociadas históricamente al contacto con tierra o plantas, esta variante tiene como principal transmisor a los gatos, en particular aquellos en situación de calle. El contagio ocurre a través de arañazos, mordeduras o contacto con secreciones de heridas abiertas.
En humanos, la infección suele iniciar con pequeños nódulos rojizos que pueden evolucionar a úlceras y expandirse por los vasos linfáticos. También puede causar inflamación y dolor en la zona afectada. En personas con defensas bajas, la enfermedad podría comprometer órganos internos si no se trata a tiempo.
Especialistas recomiendan evitar manipular gatos con lesiones visibles, usar protección en caso de contacto, lavar las manos tras interactuar con animales y acudir al médico ante cualquier lesión sospechosa. Aunque la infección es tratable con antifúngicos, el diagnóstico temprano es clave para prevenir complicaciones.










