El Papa Francisco en una de sus homilías recientes habló sobre el mito de la eterna juventud que la sociedad de consumo tiene aturdido al mundo en general y lo veo a diario en la publicidad intensa y masiva que atosiga los ojos y oídos de la gente en donde se vende toda clase de productos y distintas formas de permanecer siempre joven, que no es solo para las mujeres como se creía y aceptada antes, sino que ahora los hombres también son víctimas de esa carrera frenética por la belleza y acuden de igual manera que las mujeres a los centros de estiramiento de piel, masajes antiarrugas, vitaminas para la fuerza y mascarillas para la piel, entre otras muchas cosas que ofrecen para mantenerse en forma.
Se ha caído en la exageración, en el ridículo, con los tatuajes, el piercing y los aritos. Recuerdo que puso el ejemplo de una famosa actriz, que cuando le preguntaron si quería quitarse algunas arrugas, contestó con énfasis: “con el esfuerzo que me han costado durante toda mi vida, yo no me las podría eliminar”.
Y supongo que las exhibe con orgullo, elegancia y sobriedad. Es bueno envejecer con dignidad, pero creo que a las mujeres nadie les quita ahora ni nunca, esa inquieta vanidad de no verse con arrugas y recuerdo aquí a una hermana mayor que nunca abandonó la pomada Peña revuelta con la pomada Ponds para conservar hasta su final una piel limpia, tersa y sin arrugas! Y conste que no es una propaganda, sino que actualmenté sorprende el desmedido afán por alcanzar el siempre mito de la eterna juventud.