Para escribir esta columna se mezclaron en mi ser una cantidad de sentimientos, sobre todo de alegría y tristeza, pues quienes llegamos a la llamada edad dorada vivimos una realidad que solo percibimos claramente quienes ya estamos en ella.
De alegría, porque el solo hecho de llegar a esta etapa de la vida ya es un privilegio y de tristeza porque, para muchos, la ancianidad les ha caído mal. Me refiero, por ejemplo, a los abuelos que sufren maltrato y son incomprendidos, no solo por parte de personas desconocidas, sino inclusive de familiares y hasta de quienes conviven con ellos en los hogares.
Los más jóvenes creen que los abuelos, por ser adultos mayores, ya no tienen la misma capacidad de comprensión y no sienten el desplazamiento al que varios son sometidos. Y es que, en cierto momento, hasta se convierten en estorbo; inconcebible pero la vida es esa y muchos desean afrontarla.
¿Y a qué tipo de maltrato me refiero?, por supuesto al físico, pero sobre todo al psicológico, que se traduce en la impaciencia que se apodera de las personas que acompañan al mayor o cuidadores, quienes expresan palabras hirientes o humillantes, gritan, amenazan e ignoran a los abuelos cuando no hacen o dejan de hacer lo que ellos ordenan.
Recuerdo el día que me encontré a una amiga, en un centro comercial, acompañada de su papá y le pregunté qué hacía y me contestó: “aquí arrastrando con estos 100 años”. Me dije “qué estará pensando o sintiendo este hombre al escuchar esa expresión tan fuerte”.
El señor solo me miró y sonrió, ¿qué podría decir? También están los abusadores del tema financiero, que le quitan a los ancianos la pensión y hasta se llevan las cosas de valor aprovechándose de su incapacidad para reaccionar.
A pesar de este panorama que les describo, en lo personal, ser abuela ha sido de lo más maravilloso que me ha pasado en la vida. Y es que los abuelos disfrutamos de los nietos en momentos de esparcimiento, de integraciones familiares, de diversión, sin la responsabilidad directa de educarlos y cuidarlos.
Desde este espacio le hago un llamado a los más jóvenes, que también llegarán a la vejez, lo importante que es ponerse en los zapatos de los abuelos, entender que quieren conservar su independencia y que, a pesar de los achaques propios de la edad, desean desarrollar actividades y hacer programas acordes a esta etapa de vida. Además, no hay que olvidar que los abuelitos son la mejor referencia afectiva dentro del grupo familiar, pero también requieren de cariño.