La acumulación excesiva de grasa en las células del hígado está estrechamente relacionada con factores como el sobrepeso, la obesidad y la diabetes, y puede derivar en complicaciones severas si no se detecta y controla a tiempo.
Especialistas advierten que, aunque en muchos casos no provoca daños inmediatos, la falta de seguimiento médico puede llevar a procesos irreversibles como fibrosis, cirrosis o incluso cáncer hepático. El riesgo principal radica en su evolución silenciosa, lo que retrasa el diagnóstico y el inicio del tratamiento.
Entre las medidas de apoyo recomendadas por expertos se encuentra una adecuada hidratación. Diversos estudios señalan que el consumo regular de agua favorece el metabolismo de las grasas y contribuye a la eliminación de toxinas, procesos clave para el correcto funcionamiento del hígado. Investigaciones publicadas en revistas científicas como Nature destacan que una ingesta constante de agua puede incrementar la oxidación de grasas y ayudar al equilibrio energético del organismo.
De acuerdo con recomendaciones de entidades médicas internacionales, una persona adulta debería consumir entre seis y ocho vasos de agua al día, equivalentes a aproximadamente 1,5 o 2 litros, teniendo en cuenta que el cuerpo pierde líquidos de forma natural a través de la orina y el sudor.
Si bien la hidratación no reemplaza el tratamiento médico, los especialistas coinciden en que, junto con una alimentación equilibrada, actividad física y control de factores de riesgo, puede ser un aliado clave en la prevención y manejo del hígado graso, una enfermedad cada vez más frecuente pero aún subestimada.











