Este modelo permite a los usuarios disfrutar de la compañía de un animal sin asumir responsabilidades permanentes, convirtiéndose en una alternativa frente al aislamiento que afecta a parte de la población urbana. Para muchos, pasear un perro representa una forma inmediata de aliviar la soledad o incluso proyectar una imagen de estabilidad y bienestar.
El servicio también ha ganado terreno en empresas y espacios institucionales, donde es utilizado como herramienta para reducir el estrés o mejorar el ambiente laboral. Sin embargo, este auge ha encendido un debate ético sobre los límites entre el bienestar emocional humano y la protección animal.
Aunque la actividad está regulada bajo normas generales de cuidado, expertos advierten que no existe un control específico sobre el impacto emocional que puede generar en los animales el constante cambio de dueños.
Así, mientras el modelo sigue creciendo como respuesta a nuevas dinámicas sociales, también abre interrogantes sobre la transformación de los vínculos afectivos en servicios comerciales dentro de una sociedad marcada por la soledad.
¿Usted tendría una mascota “por horas” o prefiere el compromiso a largo plazo?










