La respuesta corta, según expertos e historiadores, es política. Tras el fin del programa Programa Apollo por recortes presupuestarios, cada cambio de administración en Washington redefinió las prioridades espaciales. Proyectos para volver a la Luna fueron cancelados, reformulados o sustituidos por nuevas metas, impidiendo la continuidad necesaria para una empresa que exige décadas de financiación sostenida.
A ello se suman los desafíos técnicos y económicos. Viajar a más de 400.000 kilómetros, aterrizar con seguridad y garantizar el regreso implica inversiones multimillonarias y riesgos elevados. Aunque hoy la tecnología es infinitamente superior a la de los años 60, reconstruir Apollo no es viable: sus cadenas de producción y equipos humanos ya no existen.
El nuevo intento es el programa Programa Artemisa, que busca no solo “plantar bandera”, sino establecer una presencia sostenible en la Luna como paso previo a Marte. Misiones como Artemis II marcarán el regreso de astronautas a la órbita lunar, aunque el alunizaje aún deberá esperar.
En el trasfondo también pesa la geopolítica. Si en los 60 la meta era vencer a la Unión Soviética, hoy el foco está en China y en consolidar alianzas internacionales. Regresar a la Luna ya no es solo un símbolo: es una apuesta estratégica, científica y económica que requiere estabilidad política, cooperación global y una visión de largo plazo.











