Aunque no se sabe si el Senado de la República le dé vía libre a la solicitud del presidente Gustavo Petro, de convocar a una consulta popular para que sea la ciudadanía la que diga si quiere o no las reformas a la Salud y Laboral, en lo personal me ubico en los que creen que resultaría interesante ver ese pulso político que, de paso, se convertiría en una especie de encuesta de alto nivel, que podría marcar el fortalecimiento de la izquierda progresista o su ocaso tempranero y misma suerte para el centro y la derecha en Colombia.
No debe causar ningún temor que se acuda a los mecanismos constitucionales creados para que de manera soberana los ciudadanos opinemos sobre temas coyunturales del país, opinión que estoy seguro dista muchos de las masivas concentraciones que se vieron el 18 de marzo en los puntos cardinales de la patria.
Tengo claro que el presidente Petro embriagado por su egocentrismo está seguro de la victoria del Sí en las urnas, pues en su pensamiento mesiánico siente que todos lo amamos tanto o más que el cineasta Gustavo Bolívar o el representante a la cámara por el Valle del Cauca Alfredo Mondragón convertido en el adalid del petrismo pura sangre.
En la otra orilla, los de la derecha con el expresidente Uribe a la cabeza, y el centro con el profesor Fajardo como líder natural, tampoco pueden cantar victoria, pues con el grado de polarización que hoy vive el país pueden llevarse un pasmo de narices porque también se les identifica por gran parte de la población como responsables de la crisis institucional y económica que sufre el país.
Así las cosas, la consulta popular consagrada por la Constitución Política será un nuevo examen para nuestra democracia y será nuestro deber lograr que el debate sea respetuoso, con ideas y que lleven a un ejercicio que para nada debe ser una batalla verbal sin sentido.
Esta última es una quimera, pues nuestros dirigentes en la izquierda, el centro y la derecha parecen llevar el espíritu pirómano de Nerón en lo profundo de su ser.