Su único conductor fue siempre Jeremías, un negro empleado del municipio que residía en la Avenida Cali y no podía manejarla si no tenía en su boca un tabaco.

La casa del barrio Victoria donde habitaban las hermanas Navarrete estaba en completo abandono y casi en ruinas. Las dos adultas mayores solo podrán volver al lugar si se les contrata un cuidador permanente.

Para los tulueños de hoy, entre ellos quienes llegan cada día a la Unidad Central del Valle como estudiantes, son muchas las inquietudes que les surgen al observar, justamente frente al Alma Máter, la existencia de un aparato que no dice nada, además porque por temporadas se pierde entre el pasto y los arbustos que crecen a su alrededor.
De ese aparato, exactamente una aplanadora, solo tienen recuerdo aquellos tulueños nacidos antes de los años 50 del siglo pasado por haber sido, ella y su conductor, factores del desarrollo urbanístico de la época.
Se trata de la aplanadora que siempre condujo un obrero del municipio llamado Jeremías, vehículo que ya muy poco se ve en las calles y que en aquellos tiempos servía para emparejar las calles luego de que eran raspadas. Era desde luego la época en que las calles eran destapadas y el cemento no contaba con la popularidad de hoy.

Factor de desarrollo

Según historiadores como Hugo Bolívar Hinojosa, la aplanadora era de propiedad del municipio y mediante ella se hacía el rasado de las pocas calles que por los años 40 y 50 tenía la Villa de Cépedes.
Al respecto, tulueños antiguos como Jacinto Aguilera, residente desde siempre en el barrio Victoria, señalan que Tuluá llegaba por el norte hasta el barrio Tomás Uribe Uribe y lo que se conocía como La Chichería mientras que hacia el occidente no pasaba de lo que hoy es la Terminal de Transportes y hacia el occidente hasta la variante.
“Esa fue la máquina que aplanó vías hoy importantes como la carrera 33 que vino a ser pavimentada en los años 60, recuerdo que fue hecha por autoconstrucción; es decir, los vecinos pusimos los materiales y el municipio la mano de obra” recuerda Aguilera.
Bolívar Hinojosa, haciendo uso de su extraordinaria memoria, no olvida que la aplanadora de Jeremías era un vehículo que se alimentaba con agua y usaba el carbón de piedra como combustible, elementos que debían ser proporcionados regularmente para evitar que se apagara.

Aplanadora gringa

“Los muchachos de la época corríamos detrás de la aplanadora, nos gustaba ver salir el humo de la chimenea y disfrutábamos ver el trabajo que hacía alineando las calles de nuestro barrio, el Tomás Uribe Uribe” agrega el abogado hoy al servicio de la Unidad Central el Valle.
Otros historiadores como Hernando Vicente Escobar creen que la aplanadora de Jeremías fue traída a la ciudad por Federico Restrepo White cuando este todavía no soñaba con ser alcalde de la ciudad y diseñador de la bandera que hoy engalana todos los actos protocolarios del municipio.

Por muchos años, esta fue la máquina que hizo el enra-samiento de las principales calles y carreras de Tuluá, entre ellas la carreras 30 y la calle 27 que mucho tiempo después se convertirían en vías fundamentales para el desarrollo económico de la Villa de Céspedes.
Se trataba de una aplanadora marca Philadelphia tipo Buffalo-Springfield operada a vapor y que contaba con un gran escarificador o rastrillo en la parte posterior que servía para arrastrar el material pedregoso que no alcanzaba a ser aplanado.
De acuerdo con la historia, este tipo de vehículos fueron creados en 1875 por la firma Buffalo-Springfield Roller Company, constituyéndose con el tiempo en una de las empresas más importantes de Estados Unidos.

El tabaco de Jeremías

“Esta empresa fabrica una línea especial de maquinaria de construcción y trabajo de carreteras y rodillos de carretera, y durante la guerra mundial, la empresa proporcionó rodillos pa-ra trabajos de construcción de carreteras en Francia y también para acantonamien-tos, campos de aviación, fortalezas, arsenales y otras tareas domésticas” señala un folleto informativo.

Pero aparte de la aplanadora, el otro protagonista de la historia es Jeremías, un curtido moreno trabajador oficial y quien tenía como condición especial ser el único que conducía el aparato que, desde luego, era propiedad del municipio.
“Él vivía en la Avenida Cali, más exactamente en el pasaje que une a la carrera 28 con la 27A, arriba de la calle 34, y conservo muy vivo en mis recuerdos que mientras manejaba la aplanadora, tenía siempre un tabaco en su boca. Además le gustaba la música y tocaba algún instrumento” relata Hugo Bolívar Hinojosa.
La aplanadora fue rescatada mucho tiempo después, hacia los años 80, de algún sitio donde quedó arrumada tras la muerte de Jeremías y la llegada de nuevos aparatos para nivelar las calles.
Esta tarea la correspondió a Marcos Fernández quien la restauró y pintó en su empresa, Talleres El Cóndor, y la puso a disposición de Fenalco, durante la presidencia de José W. Espejo, entidad que reunió a varios dirigentes gremiales y fue instalada en el sitio donde hoy le da la bienvenida a los tulueños que llegan al Corazón del Valle desde el sur.