«…La paz de Jesús tiene un sentido altamente personal; cuando amo, perdono, soy solidario vivo en paz…».

“Dijo Jesús a sus discípulos: la paz les dejo, mi paz les doy y no como la da el mundo” (Juan 14,27)
La historia del pueblo de Israel se desarrolló siempre en un ambiente bélico, desde su vivencia en Egipto, la travesía del desierto, la entrada en la tierra prometida y todo lo acontecido hasta tiempos de Jesús con la invasión del imperio romano, y todo esto llevó a experimentar un contacto con armas, ejército, divisiones, traiciones y enfrentamiento con las autoridades judías.

Los discípulos del Señor viven esta situación y no es extraño que algunas actitudes los vinculen con violencia, con porte de armas y hasta pertenezcan a algún grupo que no es tan claro en su relación con la autoridad.

Jesús actúa sobre esta realidad para invitarlos a actitudes diferentes, a amarse los unos a los otros como una manera de manifestar su discipulado, al perdón, a orar por los enemigos, a ser solidarios con todos y a tener compasión.

Como parte de su legado testamentario Jesús les deja la paz, que no es ausencia de problemas, sino más bien serenidad ante ellos y capacidad de superar rupturas y fracciones que dividen y marginan, es plenitud de todo bien y fiarse plenamente de lo que Dios Padre tiene reservado para quien le sigue y cree en Él.

La paz de Cristo es también para nosotros hoy, su resurrección, que implica que el poder de la muerte, del mal y del pecado han sido vencidos y con todo nuestro ser nos podemos abandonar en Aquel que siendo vencedor nos enseña que no hay que hacerle mal a nadie sino más bien plantear el futuro con la esperanza puesta en realizarnos en Dios.

En contraste con todo esto está la paz del mundo que se logra como resultado de la guerra, que implica convenios, diálogos, dejación de armas, armisticios, juicios y muchas otras cosas, para llegar a una firma de fin del conflicto que no siempre lleva a una paz estable y duradera sino que deja un cierto ambiente de tensión y desconfianza para que no se repitan situaciones que atenten contra las personas y sus intereses.

La paz de Jesús tiene un sentido altamente personal; cuando amo, perdono, soy solidario y compasivo, vivo en paz. Cuando me arrastro en odios, rencores, venganzas, irrespeto a la dignidad humana o atentados contra la vida se ha abandonado el camino de la paz. Recibir la paz de Jesús es vivir en Él y para Él.